Llegó la primera cirugía y las cosas no fueron como esperábamos,
finalmente cuando salimos de este paso supimos prontamente que deberían volver
a intervenirla pues otros ganglios estaban afectados. De esta forma iniciamos una larga estadía en
la clínica y en esa habitación que fue mi hogar por varios días.
Acompañar en la enfermedad es muy difícil y lo es también estar ahí,
saber actuar, tener paciencia, comunicarte con el resto de la familia porque el
ánimo no siempre anda bien, uno está más irritado, empiezas a cuestionarte todo
de manera permanente, si es bueno mover los utensilios, la temperatura, si
alcanzas a salir unos minutos, si acaso el médico va a pasar por ahí en ese
minuto, si pasa algo, quién va a poder continuar los turnos de compañía durante
el día, son tantas cosas que empiezan a darte vueltas sin parar en la cabeza, además siguen apareciendo pensamientos de cómo haber evitado esta
situación pues la búsqueda de razones pareciera nunca terminar. Entre tantas cosas en la cabeza, el corazón está dándolo todo, las emociones están a flor de piel
y lo que es aún más difícil de sobrellevar: la vida que no se ha detenido en ningún ámbito. Recuerdo haber deseado tantas veces poder congelar todo el resto de las cosas, las obligaciones e incluso
las emociones, deseaba sentir que podía parar un minuto.
En esta vida que no paraba, en la que seguían las demandas de todos
lados además de lo que vivía con mi mamá, comencé a vivir un tiempo difícil en
mi relación de pareja y una sensación de soledad muy profunda comenzó a
atormentarme desde ese minuto. Pude contar en ese minuto con mucha gente que me acompañaba de una u otra manera, estaba en los primeros días de vuelta a mi
trabajo y sentía el apoyo de mis colegas o los estudiantes a quienes les hacía
clases.
Pasaron los primeros días después de la cirugía y junto a mi familia
nos enteramos que un tío estaba en tratamiento por cáncer, fue un golpe duro y vino
tan fuerte el cuestionamiento ¿por qué?... hay demasiadas preguntas dando vueltas, miras
a tu alrededor y ves sufriendo a quien amas, yo veía a mi mamá luchar con el dolor, la
veía dar la pelea por regalar una sonrisa, la veía poniendo todo de sí e
intentando ser la mamá que siempre había sido y es conmovedor recordar que lo
lograba y a ratos podíamos ignorar que estaba en una cama.
Esa habitación de a poco se transformó en nuestra casa, yo acompañaba
a mi flaquita durante la semana y mi papá los fines de semana, dábamos juntos la
pelea, estar ahí era cansador y si tuviera que ponerlo en palabras yo sentía
que ese ambiente erosionaba mi corazón, el dolor y enfermedad están por todos
lados y esa tristeza tiñe el corazón. Muchas noches estaba cansada, quería llorar tranquila, quería mi casa,
mi cama, la quería a ella antes de todo ese oscuro momento, sabía que era
imposible pero era lo que yo quería, desee tantas veces salir corriendo lejos y
luego miraba a mi lado y sabía también que no la quería dejar ahí, ella desde
chiquitita me enseñó a luchar y este era el momento para decirle con mis actos
que había aprendido de su ejemplo y aunque se pusiera difícil no iba a bajar
los brazos.
Sin embargo y a pesar de todas las ganas y coraje que uno le pueda
poner hay un punto donde ya te entregas sin más, tienes pena y lloras porque ya
no puedes evitarlo. Un día estaba tan triste que no podía aguantar un minuto
más dentro de la habitación y salí a llorar afuera, la gente que transitaba por
ahí me veía y me daba lo mismo, dentro mío había una tormenta que solamente intentaba controlar cuando miraba a mi mamá.
Desde que era muy chica recuerdo tener con ella conversaciones interminables... es que arreglar el
mundo era maravilloso, escuchar sus historias y sus consejos, hay tantas
conversaciones que recuerdo y que solamente hasta hoy puedo comprender, nunca
imaginé que conversar tanto y conocer nuestros gestos nos serviría tanto para
ese momento, como su operación había sido en la mejilla no lograba comunicarse bien
y como yo conocía tanto nuestros gestos y miradas lograba comprender más rápido
lo que quería decir, evitando varias veces que ella se frustrara intentando
darse a entender. Pero por otro lado esa misma comunicación hacía que ella sintiera y
se diera cuenta de mi pena porque claramente una mirada de ella era como un rayo
X que atravesaba mi corazón que hacía bajar en un instante todas mis defensas. Recuerdo poner mi cabeza al lado de su manito en la cama y tener ese momento
casi paralelo a la realidad en el que volvía a ser hija, era consolada y era
cuidada por mi mamá.