domingo, 22 de marzo de 2015

Un día a la vez

El amor y la esperanza se hacían presentes a través de pequeños guiños de la vida. Mirar por el ventanal de la casa en el que veía las flores de mi mamá era diferente, ver el sol desde temprano, las risas mientras compartíamos la mesa y los abrazos cariñosos alimentaban más que nunca una esperanza de vida.
Faltaban casi dos semanas para navidad y esperábamos la consulta con el especialista que la iba a operar. Era un tiempo marcado por algunas muchas acciones y decisiones que había que tomar rápido en el que no cabía el cansancio de fin de año, era un tiempo acelerado y lleno de emociones que me hacía sentir abrumada por ordenar los pasos que venían, mientras ella estaba ahí viviendo un día a la vez. La veía que en medio de la pena le abría el camino a una paz que me sobrecogía, recuerdo haberla escuchado cuando hablaba con Dios y daba gracias por el sol, por caminar, por estar juntos, por amar…por vivir, daba gracias por todo, incluso por lo que no entendía, ella abría su corazón contaba su pena, describía su dolor, lo hacía de una manera tan particular que siempre me había sorprendido, yo sentía que aprendía solamente escuchándola, me daba gusto acompañarla por ese recorrido de gratitudes y de abrir su corazón, tan sincera, tan dulce y tanta fe. Cuando la escuchaba me hacía más grande, me inspiraba y sentía que tenía fuerzas para intentar cubrirla en mi abrazo, era como tener frente a mí un diamante muy bello y desear ponerlo en un lugar seguro y que muchos otros más pudieran mirarlo.
Ella empezó a iluminarnos con esa forma de afrontar esta situación, vivimos un tiempo lindo de amor y de esperanza, como familia empezamos a burlar las distancias y nuestro amor se hizo más fuerte, casi me parecía que todos lográbamos encontrarnos al final del día alrededor de la cama de la mamá, teníamos noticias de mi hermano que estaba en Santiago, hablábamos de cosas alegres, de lo bueno y lo malo del día, recordábamos anécdotas o tantas cosas chistosas que habían pasado en más de 30 años de historia, nos dejamos contagiar por la manera de observar que tenía la mamá. Creo que no lo vi con claridad en ese minuto mientras lo vivía pero hoy puedo darme cuenta de cómo logró poner una semilla de esperanza y fe.
De manera más personal este fue un tiempo donde se inició un conflicto que se extendería por muchísimo tiempo, yo me demandaba ser fuerte y estar ahí de pie, pero necesitaba tener un espacio para derrumbarme y reconocer que esto me sobrepasaba. No me quedaba fácil abrir el corazón, pedir consuelo y ayuda pues a mis ojos no era justo, me parecía egoísta, lo que yo vivía no era comparable con lo que sentía mi mamá, no me daba permiso para aceptar mi debilidad, me parecía que no era compatible con el rol de apoyar y estar ahí para ella. Al principio esta postura se podía mantener pero a medida que el tiempo pasó se hizo insostenible, no quería ser una carga extra para nadie de la familia, me fue difícil darme cuenta que todos debíamos sostenernos y que es posible ignorar lo que sientes pero no lo puedes eliminar.
En un primer momento no era capaz de decir que necesitaba ayuda, pero no faltaba un abrazo de amor el que de manera inmediata quebraba y echaba por tierra mis argumentos y era libre de sentirme débil, en un primer momento fue mi pololo quien logró ayudarme a ver mi debilidad como algo bueno y sano, luego fueron mis amigos, el resto de la familia, mis compañeros de trabajo, mis estudiantes, quienes con pequeños gestos fueron mostrándome que estaban para mí de alguna u otra forma y que tenía más de un momento en el que podía ser libre de bajar los brazos.
Me costó mucho reconocer mis limites, si los aceptaba estaba aceptando la posibilidad que no era invencible, que no era tan grande, que había un punto en que los esfuerzos que hiciera no podrían salvar a mi mamá, me costó renunciar a mi orgullo y reconocer que mi capacidad era limitada, no tenía claridad para ver las cosas con perspectiva pero si había algo que aprendí en ese momento y es que para poder encantarme con los milagros sencillos de vida que ocurren durante el día mi desafío era vivir un día a la vez.

sábado, 14 de marzo de 2015

Madre-Hija

Las horas posteriores al diagnóstico aparecieron en mí muchas preguntas, algunas encontraron respuesta durante el proceso y otras nunca fueron respondidas. Lo que más me inquietaba en esos momentos era ¿cuánto tiempo había estado eso ahí? tal vez saberlo y encontrar una causa clara me permitiría darle un sentido a toda la situación, y quizás encontrar la forma en que todo acabara de una manera rápida.
Nadie quiere sufrir ni ver sufrir a quien amas, la necesidad que vuelva a ser todo “normal” se hace imperiosa y mezclas tus ganas de salir de esto con razonamientos y esperanza que las cosas saldrán bien. Desde ese día en adelante pensé muchas veces en un milagro ¿por qué no podía suceder algo así con mi mamá?...es que ella calificaba, para mí ella se lo merecía todo, no porque fuera perfecta sino porque conociendo sus limitaciones siempre intentaba no guardarse nada, jugársela en todo aspecto de su vida al máximo, a mis ojos no había mejor candidata que ella para que Dios pusiera su mano en esto porque mi lógica no estaba encontrando una solución que la liberara del dolor, y ya había visto partir a un par de mamás de mis amigas por cáncer, y yo no quería vivir eso.
Por otra parte y aunque en ese minuto no era tan claro para mí, yo estaba muy preocupada por encontrar una solución a esto porque quería seguir con mi vida, hasta ese día estaba planificando dar pasos importantes y esta situación alteraba mi mundo, mis prioridades y mis planes. Pensar así me parecía egoísta y tal vez por eso no acepté desde el principio que los otros aspectos de mi vida como mi relación de pareja y mi vida laboral no se iban a congelar esperando que pasara esta tormenta, el mundo no iba a detenerse, mi mundo no iba a detenerse.
Las horas post diagnóstico, tuve que volver a trabajar y hablar de esto con algunos colegas, lo cual me sirvió para procesar mucho desde la razón y logré tragarme la pena, pero cuando hablaba de esto recuerdo que dentro de mí podía hablarle al cáncer “tú no sabes quién es ella y no sabes quién soy yo”… desafiándolo con tanta rabia, como si me hubiese estado alistando para una pelea.
La amaba tanto, esa mezcla que había en ella entre su aspecto tan frágil y su fortaleza interior, su forma de ser mujer me cautivaban, la admiraba mucho, no me imaginaba la vida sin un abrazo suyo, sin un consejo, sin un reto, sin una alegría, sin una pelea con ella, sin un cafecito a solas en un lugar bonito, yo no podía verla sufrir, no podía dejarla ir.
Este momento es el más difícil de describir, mientras yo buscaba respuestas, mi mamá sentía el dolor físico y el dolor de su alma, mi mundo empezaba a quebrarse pero el de ella había tenido un cambio tan abismante en ese día, ella pensaba encontrar el tratamiento preciso para que su malestar terminara pronto, pero en cambio se había iniciado un camino de posibilidades entre las cuales estaba la muerte. Sentía su fragilidad, pero algo dentro mío se negaba a aceptar que esto estaba ahí instalado y buscaba argumentos que finalmente no servirían de nada, pues nada de lo que pensara como explicación podría traerle salud de vuelta y borraría el cáncer.
Cuando llegué a casa miraba a mi flaquita, estaba tan triste y me sentí tan impotente de no poder contenerla en un abrazo, de no poder borrarle el dolor y traer alegría a sus ojitos. Yo sé que ella lloró toda esa tarde, que ese diciembre tiñó de gris todas las cosas que parecían buenas ese año. Sin embargo, ella transmitía tanta paz desde lo profundo de su corazón, ella ya había luchado con una enfermedad autoinmune durante 20 años, vivimos con ella un milagro de vida maravilloso, yo había aprendido que lo imposible era posible, pero ese día me costaba creer, ese y muchos otros días me costó tener fe.
Creo que en esta parte empecé un recorrido de compañía madre-hija, en el que a través de cada paso nos fuimos sintonizando y encontrando de una manera extra ordinaria, siempre tuvimos una relación muy poderosa y de mucha complicidad, pero ahora a diferencia de la mayoría de las dificultades que afrontamos juntas, parecía que yo era la fuerte. Fue este el punto donde puse mucha más atención en el camino y disminuí la velocidad, al inicio de todo me escapé a ratos porque todavía podía hacerlo, pero con el paso del tiempo no pude separar este camino del resto de mi vida.
Ya estábamos de la mano cuando inició todo esto y de a poco fui sintiendo que mi mano nunca la soltaba, mi corazón estaba siempre con ella sin embargo no siempre fui yo quien la sostuve, y poder vivir eso entre las dos fue el mayor testimonio de amor y grandeza de mi flaquita… mi mujer favorita.


miércoles, 4 de marzo de 2015

El diagnóstico

Desde un tiempo atrás mi mamá estaba sintiendo un malestar en su mejilla izquierda, le dolía cuando comía, con los cambios de temperatura, cada día el dolor le interfería más en su vida diaria. Este malestar había nacido mientras se realizaba un tratamiento dental, durante el transcurso de éste se generó una herida que no cicatrizaba por lo que le pidieron algunos exámenes para saber si había algo más.
Cuando me comentaron que deberían hacer una biopsia, no me gustó la idea pues lo asocié de inmediato con la posibilidad que pudiéramos estar hablando de cáncer. Al tener de referencia en la familia la muerte de mi abuela materna por cáncer cuando mi mamá tenía 5 años, me parecía una de las enfermedades más detestables y devastadoras, no me imaginaba de nuevo a esta enfermedad haciendo sufrir a mi flaquita.
Recuerdo con mucha claridad mis pensamientos por esos días previos al anuncio del examen, la idea era resolver lo más pronto posible el tema del dolor de la mamá, para que al fin mis papás pudieran disfrutar con tranquilidad de la vida, ya que quedaba el menor de los tres hermanos en sus últimos meses de universidad. Estaba terminando la etapa de criar a los hijos y ahora podrían podrían disfrutar de muchas cosas que se habían privado anteriormente por educar a sus tres hijos. En medio de este contexto, el que aparecieran complicaciones médicas hacía que toda la familia reaccionara con mucho recelo frente a las posibilidades de que se tratara de cáncer.
Cuando en casa hablábamos de la biopsia sabíamos que era para descartar que “algo malo” estuviera sucediendo, teníamos muchos argumentos racionalmente contundentes para estar tranquilos y no pensar en cáncer, pues por alguna razón en esos minutos necesitas mantener la calma y aunque a ciencia cierta no tienes el control, presumes tenerlo y procesas las opciones que te permiten seguir funcionando casi de manera normal para poder sobrellevar el tiempo de espera de los resultados.
Llegó el minuto de ir al dentista, él era una persona muy amable, de trato muy cordial y dulce con mi mamá, ese día decidí acompañarla para entender bien que es lo que estaba pasando, me senté a su lado izquierdo y tomé su mano mientras revisaban los exámenes. Cuando el dentista abrió el sobre y lo leyó, le dijo a mi mamá con mucha delicadeza que tenía cáncer, vi como corrían lágrimas por sus mejillas, vi su pena, la sentí apretando mi mano, su expresión era tan calma, pero con tanto dolor y pena, sentí su fragilidad, quería contenerla mientras sentía que dentro mío se quebraba mi corazón, ese día me pareció tan claro como ese diagnóstico vino a pegarnos en medio del corazón, en nuestro tesoro de vida… la mamá.
Mientras estaba en la consulta y trataba de contenerla pensaba que ella no se merecía esto, era una mujer con tanta fuerza, tanta vida, tantas ideas, tanto amor, tanta fe, tantas ganas de vivir intensamente, simplemente no era justo, no era el minuto, y ella… esto no era para ella, simplemente no podía ser porque este era el preciso momento de la vida en el que ella podría estar más tranquila, ser regaloneada, le tocaba disfrutar, sin embargo estaba ahí secándose sus lágrimas y preguntando al dentista cuál era el próximo paso. Esa entereza para enfrentar la situación solo reafirmaba mi convicción que esto no era lo que debía tocarle vivir a ella.
El dentista preguntó por mi papá quien había llegado un par de minutos antes y nos esperaba afuera, lo hizo pasar y le dio la noticia. Su pena era tan grande, mi mamá volvía a desvanecerse en lágrimas cuando le daban la noticia a su compañero de toda una vida, se miraban y él la acariciaba con ternura, no pude imaginar ese dolor y no puedo hacerlo tampoco hoy.
Al salir de la consulta, sentía mucho frío, debía pensar rápido y tratar de reorganizar el día porque independiente del dolor las obligaciones cotidianas no se detienen. Por teléfono intentaba hablar de manera fluída y ordenar mentalmente las cosas que no podía postergar, recuerdo llamar para reagendar una reunión y aguantar la pena cuando hablaba por celular. Mientras caminábamos hacia el auto sentía que éramos como hormiguitas en un mundo inmenso que se hacía grande, cada vez más grande y aplastante, pensábamos como decirles a mis hermanos, nosotros estábamos en Temuco, mi hermano mayor en Santiago y el menor en su práctica profesional fuera de la ciudad, todo era confuso ese día, estaba nublado, era un día gris, ese viaje en auto fue una mezcla de silencio, dolor y lágrimas.
Desde ese día en el alma se alojó un nudo de pena en forma de lágrimas, de rabia que apretaba los dientes, de impotencia que contracturaba todo el cuerpo, durante todo el proceso ese nudo fue difícil de contener, pero en este punto cuando todo se iniciaba la rabia, impotencia y desconcierto se consumían mis lágrimas.
Este día se transformó en el inicio de un cambio  total de vida que trascendería al inevitable desapego físico de mi mamá, se transformó en el inicio de un proceso de vida que me ha hecho vivir más que pensar en qué quiero hacer con mi vida, creer más que predicar en creer y amar sin condicionar a razones sino porque es lo que nace del corazón. 
Acompañar en este proceso de enfermedad física está marcado por la impotencia de no poder hacer más por quien amas, el punto de aceptar el diagnóstico es reconocer que no tengo el control y sentir temor de enfrentar un camino sin certezas y solo una nube de probabilidades. Soltar el control es sin duda necesario para vivir libremente, pero en este contexto es aceptar que en esa nube de probabilidades está la muerte, la muerte de alguien a quien amo profundamente.  

lunes, 2 de marzo de 2015

Acompañar en amor en medio del dolor

Muchas de las cosas que hacemos en nuestra vida tienen que ver con evitar que nuestros días terminen "antes de tiempo", con hacer todo lo que esté a nuestro alcance para tener una "buena salud" y lleguemos a viejitos sin adelantar a voluntad la fecha de nuestra partida de este mundo.
Pero de pronto, fuera de todos nuestros planes a veces llega una enfermedad y nos acerca a la muerte, nos recuerda que nuestros días son finitos y que si alguna certeza había en nuestra historia el día en que nacimos es que llegaría el día en que moriríamos. Eso en lo que respecta a uno mismo, pero qué de ver morir a los que amamos, qué de ver la vida desvanecerse frente a uno sin poder hacer nada, y luego de ver la muerte pasar por tu lado y arrebatar a quien amas intentar seguir sin recordar que es probable que ella se cruzará con nuestra historia más de una vez. 
Ya van cerca de tres años que mi mamá murió de cáncer, fue un viaje de casi dos años hasta que llegó el día en que su cuerpo nos dejó, hablo solamente de su cuerpo, pues con el paso del tiempo he descubierto a mi "flaquita" (como la llamaba cuando la consolaba) de tantas formas, que tengo la certeza que como una semilla que muere en la tierra ella ha vuelto a vivir de muchas formas para mí.
Desde el minuto de su diagnóstico vinieron a instalarse a mi lado tantas incertidumbres, tanto dolor, sentí que la muerte se acercó de forma tan tangible y aprendí a estar cerca de ella, a momentos mirándola con rabia, con dolor y desafiándola, otras veces me sentí tan pequeña y me parecía que se burlaba observando nuestros esfuerzos.
Cuando estás acompañando a alguien en su dolor, son tantos los pensamientos, los sentimientos que inundan tu vida, aparece el cansancio, el dolor y la impotencia. Todas estas cosas empiezan a formar parte de un viaje del que uno en tantos minutos quiere restarse, pero deseas tanto que el destino final no sea la muerte que tomas fuerzas de donde no hay y das la pelea para que no pase por ti, por algo que dejaste de hacer, que el viaje termine en ese destino indeseado. Porque cuando amas a alguien a ratos te sientes omnipotente y a ratos sientes que no vas a poder estar en pie un día más, no sabes que hacer, sientes que no importa cuanto ames a esa persona no puedes disminuir su dolor, que por mas que quieras lo contrario vas viendo como día a día la enfermedad le va robando la vida a quien amas, en medio de todo eso a veces lo único que nos resta decir es una expresión tan mínima, pero que refleja un deseo tan tan tan profundo de cuidar del otro, decimos ¿cómo acomodo tu almohada?... y todo el ímpetu y deseos de que las cosas vayan mejor se reducen a un pequeño movimiento, que te deja con una sensación de impotencia por no poder hacer más que acomodar una almohada.
Estar al lado del dolor y del paso de la vida a la muerte siempre va a mover tu vida como un terremoto que empieza lentamente hasta llegar al remezón fuerte y final de la partida, porque no importa cuan preparados estemos para enfrentar ese momento, nunca vamos a dejar de sentir y recordar como fue esa sacudida.