El amor y la esperanza se hacían presentes a través de
pequeños guiños de la vida. Mirar por el ventanal de la casa en el que veía las
flores de mi mamá era diferente, ver el sol desde temprano, las risas mientras
compartíamos la mesa y los abrazos cariñosos alimentaban más que nunca una
esperanza de vida.
Faltaban casi dos semanas para navidad y esperábamos la
consulta con el especialista que la iba a operar. Era un tiempo marcado por
algunas muchas acciones y decisiones que había que tomar rápido en el que no
cabía el cansancio de fin de año, era un tiempo acelerado y lleno de emociones
que me hacía sentir abrumada por ordenar los pasos que venían, mientras ella
estaba ahí viviendo un día a la vez.
La veía que en medio de la pena le abría el camino a una paz que me sobrecogía,
recuerdo haberla escuchado cuando hablaba con Dios y daba gracias por el sol,
por caminar, por estar juntos, por amar…por vivir, daba gracias por todo, incluso por
lo que no entendía, ella abría su corazón contaba su pena, describía su dolor, lo
hacía de una manera tan particular que siempre me había sorprendido, yo sentía
que aprendía solamente escuchándola, me daba gusto acompañarla por ese
recorrido de gratitudes y de abrir su corazón, tan sincera, tan dulce y tanta
fe. Cuando la escuchaba me hacía más grande, me inspiraba y sentía que tenía
fuerzas para intentar cubrirla en mi abrazo, era como tener frente a mí un
diamante muy bello y desear ponerlo en un lugar seguro y que muchos otros más
pudieran mirarlo.
Ella empezó a iluminarnos con esa forma de afrontar esta
situación, vivimos un tiempo lindo de amor y de esperanza, como familia empezamos
a burlar las distancias y nuestro amor se hizo más fuerte, casi me parecía que
todos lográbamos encontrarnos al final del día alrededor de la cama de la mamá,
teníamos noticias de mi hermano que estaba en Santiago, hablábamos de cosas
alegres, de lo bueno y lo malo del día, recordábamos anécdotas o tantas cosas
chistosas que habían pasado en más de 30 años de historia, nos dejamos
contagiar por la manera de observar que tenía la mamá. Creo que no lo vi con
claridad en ese minuto mientras lo vivía pero hoy puedo darme cuenta de cómo
logró poner una semilla de esperanza y fe.
De manera más personal este fue un tiempo donde se inició un
conflicto que se extendería por muchísimo tiempo, yo me demandaba ser fuerte y
estar ahí de pie, pero necesitaba tener un espacio para derrumbarme y reconocer
que esto me sobrepasaba. No me quedaba fácil abrir el corazón, pedir consuelo y
ayuda pues a mis ojos no era justo, me parecía egoísta, lo que yo vivía no era
comparable con lo que sentía mi mamá, no me daba permiso para aceptar mi
debilidad, me parecía que no era compatible con el rol de apoyar y estar ahí
para ella. Al principio esta postura se podía mantener pero a medida que el
tiempo pasó se hizo insostenible, no quería ser una carga extra para nadie de
la familia, me fue difícil darme cuenta que todos
debíamos sostenernos y que es posible ignorar lo que sientes pero no lo puedes eliminar.
En un primer momento no era capaz de decir que necesitaba
ayuda, pero no faltaba un abrazo de amor el que de manera inmediata quebraba y
echaba por tierra mis argumentos y era libre de sentirme débil, en un primer
momento fue mi pololo quien logró ayudarme a ver mi debilidad como algo bueno y
sano, luego fueron mis amigos, el resto de la familia, mis compañeros de
trabajo, mis estudiantes, quienes con pequeños gestos fueron mostrándome que
estaban para mí de alguna u otra forma y que tenía más de un momento en el que
podía ser libre de bajar los brazos.
Me costó mucho reconocer mis limites, si los aceptaba estaba
aceptando la posibilidad que no era invencible, que no era tan grande, que
había un punto en que los esfuerzos que hiciera no podrían salvar a mi mamá, me
costó renunciar a mi orgullo y reconocer que mi capacidad era limitada, no tenía
claridad para ver las cosas con perspectiva pero si había algo que aprendí en
ese momento y es que para poder encantarme con los milagros sencillos de vida
que ocurren durante el día mi desafío era vivir un día a la vez.