Pero de pronto, fuera de todos nuestros planes a veces llega una enfermedad y nos acerca a la muerte, nos recuerda que nuestros días son finitos y que si alguna certeza había en nuestra historia el día en que nacimos es que llegaría el día en que moriríamos. Eso en lo que respecta a uno mismo, pero qué de ver morir a los que amamos, qué de ver la vida desvanecerse frente a uno sin poder hacer nada, y luego de ver la muerte pasar por tu lado y arrebatar a quien amas intentar seguir sin recordar que es probable que ella se cruzará con nuestra historia más de una vez.
Ya van cerca de tres años que mi mamá murió de cáncer, fue un viaje de casi dos años hasta que llegó el día en que su cuerpo nos dejó, hablo solamente de su cuerpo, pues con el paso del tiempo he descubierto a mi "flaquita" (como la llamaba cuando la consolaba) de tantas formas, que tengo la certeza que como una semilla que muere en la tierra ella ha vuelto a vivir de muchas formas para mí.
Desde el minuto de su diagnóstico vinieron a instalarse a mi lado tantas incertidumbres, tanto dolor, sentí que la muerte se acercó de forma tan tangible y aprendí a estar cerca de ella, a momentos mirándola con rabia, con dolor y desafiándola, otras veces me sentí tan pequeña y me parecía que se burlaba observando nuestros esfuerzos.
Cuando estás acompañando a alguien en su dolor, son tantos los pensamientos, los sentimientos que inundan tu vida, aparece el cansancio, el dolor y la impotencia. Todas estas cosas empiezan a formar parte de un viaje del que uno en tantos minutos quiere restarse, pero deseas tanto que el destino final no sea la muerte que tomas fuerzas de donde no hay y das la pelea para que no pase por ti, por algo que dejaste de hacer, que el viaje termine en ese destino indeseado. Porque cuando amas a alguien a ratos te sientes omnipotente y a ratos sientes que no vas a poder estar en pie un día más, no sabes que hacer, sientes que no importa cuanto ames a esa persona no puedes disminuir su dolor, que por mas que quieras lo contrario vas viendo como día a día la enfermedad le va robando la vida a quien amas, en medio de todo eso a veces lo único que nos resta decir es una expresión tan mínima, pero que refleja un deseo tan tan tan profundo de cuidar del otro, decimos ¿cómo acomodo tu almohada?... y todo el ímpetu y deseos de que las cosas vayan mejor se reducen a un pequeño movimiento, que te deja con una sensación de impotencia por no poder hacer más que acomodar una almohada.
Estar al lado del dolor y del paso de la vida a la muerte siempre va a mover tu vida como un terremoto que empieza lentamente hasta llegar al remezón fuerte y final de la partida, porque no importa cuan preparados estemos para enfrentar ese momento, nunca vamos a dejar de sentir y recordar como fue esa sacudida.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario