miércoles, 4 de marzo de 2015

El diagnóstico

Desde un tiempo atrás mi mamá estaba sintiendo un malestar en su mejilla izquierda, le dolía cuando comía, con los cambios de temperatura, cada día el dolor le interfería más en su vida diaria. Este malestar había nacido mientras se realizaba un tratamiento dental, durante el transcurso de éste se generó una herida que no cicatrizaba por lo que le pidieron algunos exámenes para saber si había algo más.
Cuando me comentaron que deberían hacer una biopsia, no me gustó la idea pues lo asocié de inmediato con la posibilidad que pudiéramos estar hablando de cáncer. Al tener de referencia en la familia la muerte de mi abuela materna por cáncer cuando mi mamá tenía 5 años, me parecía una de las enfermedades más detestables y devastadoras, no me imaginaba de nuevo a esta enfermedad haciendo sufrir a mi flaquita.
Recuerdo con mucha claridad mis pensamientos por esos días previos al anuncio del examen, la idea era resolver lo más pronto posible el tema del dolor de la mamá, para que al fin mis papás pudieran disfrutar con tranquilidad de la vida, ya que quedaba el menor de los tres hermanos en sus últimos meses de universidad. Estaba terminando la etapa de criar a los hijos y ahora podrían podrían disfrutar de muchas cosas que se habían privado anteriormente por educar a sus tres hijos. En medio de este contexto, el que aparecieran complicaciones médicas hacía que toda la familia reaccionara con mucho recelo frente a las posibilidades de que se tratara de cáncer.
Cuando en casa hablábamos de la biopsia sabíamos que era para descartar que “algo malo” estuviera sucediendo, teníamos muchos argumentos racionalmente contundentes para estar tranquilos y no pensar en cáncer, pues por alguna razón en esos minutos necesitas mantener la calma y aunque a ciencia cierta no tienes el control, presumes tenerlo y procesas las opciones que te permiten seguir funcionando casi de manera normal para poder sobrellevar el tiempo de espera de los resultados.
Llegó el minuto de ir al dentista, él era una persona muy amable, de trato muy cordial y dulce con mi mamá, ese día decidí acompañarla para entender bien que es lo que estaba pasando, me senté a su lado izquierdo y tomé su mano mientras revisaban los exámenes. Cuando el dentista abrió el sobre y lo leyó, le dijo a mi mamá con mucha delicadeza que tenía cáncer, vi como corrían lágrimas por sus mejillas, vi su pena, la sentí apretando mi mano, su expresión era tan calma, pero con tanto dolor y pena, sentí su fragilidad, quería contenerla mientras sentía que dentro mío se quebraba mi corazón, ese día me pareció tan claro como ese diagnóstico vino a pegarnos en medio del corazón, en nuestro tesoro de vida… la mamá.
Mientras estaba en la consulta y trataba de contenerla pensaba que ella no se merecía esto, era una mujer con tanta fuerza, tanta vida, tantas ideas, tanto amor, tanta fe, tantas ganas de vivir intensamente, simplemente no era justo, no era el minuto, y ella… esto no era para ella, simplemente no podía ser porque este era el preciso momento de la vida en el que ella podría estar más tranquila, ser regaloneada, le tocaba disfrutar, sin embargo estaba ahí secándose sus lágrimas y preguntando al dentista cuál era el próximo paso. Esa entereza para enfrentar la situación solo reafirmaba mi convicción que esto no era lo que debía tocarle vivir a ella.
El dentista preguntó por mi papá quien había llegado un par de minutos antes y nos esperaba afuera, lo hizo pasar y le dio la noticia. Su pena era tan grande, mi mamá volvía a desvanecerse en lágrimas cuando le daban la noticia a su compañero de toda una vida, se miraban y él la acariciaba con ternura, no pude imaginar ese dolor y no puedo hacerlo tampoco hoy.
Al salir de la consulta, sentía mucho frío, debía pensar rápido y tratar de reorganizar el día porque independiente del dolor las obligaciones cotidianas no se detienen. Por teléfono intentaba hablar de manera fluída y ordenar mentalmente las cosas que no podía postergar, recuerdo llamar para reagendar una reunión y aguantar la pena cuando hablaba por celular. Mientras caminábamos hacia el auto sentía que éramos como hormiguitas en un mundo inmenso que se hacía grande, cada vez más grande y aplastante, pensábamos como decirles a mis hermanos, nosotros estábamos en Temuco, mi hermano mayor en Santiago y el menor en su práctica profesional fuera de la ciudad, todo era confuso ese día, estaba nublado, era un día gris, ese viaje en auto fue una mezcla de silencio, dolor y lágrimas.
Desde ese día en el alma se alojó un nudo de pena en forma de lágrimas, de rabia que apretaba los dientes, de impotencia que contracturaba todo el cuerpo, durante todo el proceso ese nudo fue difícil de contener, pero en este punto cuando todo se iniciaba la rabia, impotencia y desconcierto se consumían mis lágrimas.
Este día se transformó en el inicio de un cambio  total de vida que trascendería al inevitable desapego físico de mi mamá, se transformó en el inicio de un proceso de vida que me ha hecho vivir más que pensar en qué quiero hacer con mi vida, creer más que predicar en creer y amar sin condicionar a razones sino porque es lo que nace del corazón. 
Acompañar en este proceso de enfermedad física está marcado por la impotencia de no poder hacer más por quien amas, el punto de aceptar el diagnóstico es reconocer que no tengo el control y sentir temor de enfrentar un camino sin certezas y solo una nube de probabilidades. Soltar el control es sin duda necesario para vivir libremente, pero en este contexto es aceptar que en esa nube de probabilidades está la muerte, la muerte de alguien a quien amo profundamente.  

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