Las horas
posteriores al diagnóstico aparecieron en mí muchas preguntas, algunas
encontraron respuesta durante el proceso y otras nunca fueron respondidas. Lo
que más me inquietaba en esos momentos era ¿cuánto tiempo había estado eso ahí?
tal vez saberlo y encontrar una causa clara me permitiría darle un sentido a
toda la situación, y quizás encontrar la forma en que todo acabara de una manera
rápida.
Nadie quiere
sufrir ni ver sufrir a quien amas, la necesidad que vuelva a ser todo “normal”
se hace imperiosa y mezclas tus ganas de salir de esto con razonamientos y
esperanza que las cosas saldrán bien. Desde ese día en adelante pensé muchas
veces en un milagro ¿por qué no podía suceder algo así con mi mamá?...es que
ella calificaba, para mí ella se lo merecía todo, no porque fuera perfecta sino
porque conociendo sus limitaciones siempre intentaba no guardarse nada, jugársela
en todo aspecto de su vida al máximo, a mis ojos no había mejor candidata que
ella para que Dios pusiera su mano en esto porque mi lógica no estaba
encontrando una solución que la liberara del dolor, y ya había visto partir a
un par de mamás de mis amigas por cáncer, y yo no quería vivir eso.
Por otra
parte y aunque en ese minuto no era tan claro para mí, yo estaba muy preocupada
por encontrar una solución a esto porque quería seguir con mi vida, hasta ese
día estaba planificando dar pasos importantes y esta situación alteraba mi
mundo, mis prioridades y mis planes. Pensar así me parecía egoísta y tal vez
por eso no acepté desde el principio que los otros aspectos de mi vida como mi
relación de pareja y mi vida laboral no se iban a congelar esperando que pasara
esta tormenta, el mundo no iba a detenerse, mi mundo no iba a detenerse.
Las horas post
diagnóstico, tuve que volver a trabajar y hablar de esto con algunos colegas, lo
cual me sirvió para procesar mucho desde la razón y logré tragarme la pena,
pero cuando hablaba de esto recuerdo que dentro de mí podía hablarle al cáncer “tú
no sabes quién es ella y no sabes quién soy yo”… desafiándolo con tanta rabia, como
si me hubiese estado alistando para una pelea.
La amaba
tanto, esa mezcla que había en ella entre su aspecto tan frágil y su fortaleza
interior, su forma de ser mujer me cautivaban, la admiraba mucho, no me imaginaba
la vida sin un abrazo suyo, sin un consejo, sin un reto, sin una alegría, sin
una pelea con ella, sin un cafecito a solas en un lugar bonito, yo no podía verla
sufrir, no podía dejarla ir.
Este momento
es el más difícil de describir, mientras yo buscaba respuestas, mi mamá sentía
el dolor físico y el dolor de su alma, mi mundo empezaba a quebrarse pero el de
ella había tenido un cambio tan abismante en ese día, ella pensaba encontrar el
tratamiento preciso para que su malestar terminara pronto, pero en cambio se
había iniciado un camino de posibilidades entre las cuales estaba la muerte. Sentía su
fragilidad, pero algo dentro mío se negaba a aceptar que esto estaba ahí
instalado y buscaba argumentos que finalmente no servirían de nada, pues nada
de lo que pensara como explicación podría traerle salud de vuelta y borraría el
cáncer.
Cuando
llegué a casa miraba a mi flaquita, estaba tan triste y me sentí tan impotente
de no poder contenerla en un abrazo, de no poder borrarle el dolor y traer
alegría a sus ojitos. Yo sé que ella lloró toda esa tarde, que ese diciembre
tiñó de gris todas las cosas que parecían buenas ese año. Sin embargo, ella
transmitía tanta paz desde lo profundo de su corazón, ella ya había luchado con
una enfermedad autoinmune durante 20 años, vivimos con ella un milagro de vida
maravilloso, yo había aprendido que lo imposible era posible, pero ese día me
costaba creer, ese y muchos otros días me costó tener fe.
Creo que en
esta parte empecé un recorrido de compañía madre-hija, en el que a través de
cada paso nos fuimos sintonizando y encontrando de una manera extra ordinaria,
siempre tuvimos una relación muy poderosa y de mucha complicidad, pero ahora a
diferencia de la mayoría de las dificultades que afrontamos juntas, parecía que
yo era la fuerte. Fue este el punto donde puse mucha más atención en el camino
y disminuí la velocidad, al inicio de todo me escapé a ratos porque todavía
podía hacerlo, pero con el paso del tiempo no pude separar este camino del
resto de mi vida.
Ya estábamos
de la mano cuando inició todo esto y de a poco fui sintiendo que mi mano nunca
la soltaba, mi corazón estaba siempre con ella sin embargo no siempre fui yo
quien la sostuve, y poder vivir eso entre las dos fue el mayor testimonio de amor
y grandeza de mi flaquita… mi mujer favorita.
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