domingo, 12 de abril de 2015

Cicatriz

Nunca sabes bien de que se trata una cirugía hasta que la vives, cuando visitamos el especialista que extirparía el tumor de la cara de la mamá nos explicó todo el procedimiento y cada uno de los pasos, no era sencillo pero él tenía calma y mi mamá también, ella pedía consejos para llegar preparada de la mejor manera pues esa cirugía podía ser la llave a un nuevo tiempo y todos teníamos ganas de pensar que eso sería suficiente para terminar el tratamiento.
Cada llegada a la clínica, la espera afuera de la consulta, sentir el olor de los pasillos, las conversaciones, las caras que se tornan familiares después de un tiempo, todo me llevaba a un estado que no sé cómo definir, me aguanté tantas veces el llanto y las ganas de tomar a mi mamá y salir lejos y nunca más volver, pero sabía que  arrancar no iba a detener nada. Esa pugna permanente entre los impulsos y la razón, te hieren el corazón, a mí me hizo una herida bien grande, es como algo que se estira dentro de uno, te presiona el pecho y sigue doliendo un rato después que uno aterriza de nuevo en la realidad y sigues ahí, cada vez que yo volvía miraba a mi lado veía esa luz en los ojos de mi mamá que a pesar del dolor físico tenían tanta fe, yo creo que en ese minuto nunca logré despegarme de mi racionalidad y simplemente yo estando ahí no pude creer como ella lo hacía, yo todavía no aceptaba lo que estaba viviendo y creo que el minuto en que terminé de aterrizar fue solo después de la cirugía.
Luego de la visita al cirujano y conocer en qué consistía la operación, quedaba enfrentar que aún si todo salía bien quedaría esa marca por siempre en la cara de la mamá, iba a quedar una cicatriz que no teníamos la claridad de sus dimensiones ni de las complicaciones que podía traer, las condiciones de base de mi mamá no nos daban buenas expectativas de su capacidad de cicatrización. Yo vi llorar a mi mamá tocando su carita a modo de despedirse de su mejilla, había que hacerlo y a pesar de todo nunca flaqueó frente a la operación, porque ya eran tantas las complicaciones que lo único que quería era terminar con esa pelota en su mejilla que quizás no era perceptible para los demás, pero a ella no le permitía comer y ni siquiera la dejaba sonreír tranquila.
Recuerdo que una de las cosas que me gustaba hacer era acariciar su carita, y conversamos las dos que esa cicatriz nos recordaría una lucha y que sería podía la señal de una lucha que íbamos a ganar. Yo me había operado de la columna y llevaba mis cicatrices con orgullo de saber que gané una batalla, ella y yo sabíamos que podíamos repetir la historia, habría nuevas cicatrices pero esta vez en su piel. Yo estaba llena de fantasmas en mi cabeza pero el momento en que yo podía creer era cuando tomaba su mano o cuando la abrazaba, sentirla me movía a la convicción que las cosas estarían bien.
Hoy yo puedo sentir la cicatriz que trascendió la mejilla de mi flaquita, sé que esta historia se escribió muy distinta a lo que imaginé, pero a mí todos los días me recuerda que vale pena darlo todo, vale la pena creer con todo el corazón, y vivir la vida no porque se va a acabar sino porque es vida y es un regalo, finalmente yo creo que ganamos la batalla.

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